No conocía el local y le gustaba. “Las mil y una noche”
tiene el aire descuidado del oriente,
funcional y relajado, con un ligero toque de misterio y la sensación
envolvente del mundo de aventura.
En realidad ha venido casi por compromiso. Claro qué… es
cierto que le gustaría poder
expresar lo que lleva dentro. ¿A quién no? Un pensamiento,
un cuento, o simplemente un relato sobre sus experiencias en la montaña.
Pero… ¿Por donde empezar? Esto de escribir no le parece
fácil.
Mientras el presentador habla, sin darse cuenta, va encerrándose
en sus propias cavilaciones.
__ Para escribir hay que tener una buena idea…
Tal vez sea la atmósfera relajada del lugar. No sé…
El altavoz fue convirtiéndose en letanía
mientras su mente viajó a desiertos de papel, tan blancos como
el Atacama.
__ ¡Y tan estériles!
Estaba equivocado. El desierto de Atacama a pesar de ser salino, tiene
vida. De pronto se vio caminando por aquel altiplano andino, sin rumbo,
buscando esa idea para un buen cuento o relato. Así fue cómo,
sin proponérselo, se había convertido en su propio personaje
en busca de una idea.
__Pero… ¿Dónde están las ideas?
¡Vale!, ¡Es cierto! En la vida real, nadie, en aquella inmensa
soledad iba a contestar a sus
preguntas. ¡Pero aquello no era la vida real!; era un cuento.
Bueno… él quería que fuera su cuento, y por ello
apareció aquel hombre, bajito, rudo y feo que, desde luego como
personaje de una historia era un desastre, pero no se le ocurre otro,
así que sin dilación se dirigió a él.
__ Hola buen hombre. ¿Sabe usted donde están las
ideas para los buenos cuentos?
¡Qué pregunta tan tonta le había hecho el recién
llegado! Todo el mundo sabe donde, pero como insistió, no tuvo
más remedio que contarle que las ideas se guardan en el gran
libro de los relatos.
__ ¿Pero donde se encuentra el libro ese?
¡Donde va estar!, ¡En el sagrado monasterio de las ideas!
Ya te adelanto que se encuentra en el valle de la iluminación;
detrás mismo, de aquellas montañas que cierran el horizonte
de tu camino.
__ ¡Qué extrañas montañas!
Cuando se volvió, el hombrecillo había desaparecido. Ya
se sabe, siempre pasa en los cuentos, así que siguió caminando
en dirección a las raras elevaciones, y cuando estuvo cerca no
pudo creer lo que sus ojos estaban viendo.
__ ¿Letras…? ¿Las montañas son letras?
¿Qué hago yo con tantas letras sueltas?
¡Insiste!; le dijo la voz que ya conocía, y no tuvo más
opción que subir aquella desordenada mole para dar vista a un
nuevo horizonte. ¡Aquello ya era otra cosa! Frente a él
una nueva montaña le mostró estar hecha de palabras completas,
pero… ¡Oh desencanto! Las palabras son incoherentes si no
se juntan acertadamente.
__ ¿Cómo ordeno esta montaña de palabras?
¡Cómo va a ser hombre! __ Le respondió el extraño,
bajito y feo, volviendo a ser visible __ ¡Con sentido hombre!...
¡Con sentido!, ¡A ver!: ¿Ves todas esas otras montañas
que te rodean?
__ ¡Sí, qué raras son… Y se parecen
mucho!
Cómo no se van a parecer, si todas están formadas por
letras, ¿Acaso no se parecen las
montañas, hechas todas de tierra y piedras? ¡Pues eso!
¡Mira! Aquel es un pico de citas celebres; es bueno conocerlo,
pues te inspira con el pensamiento de quienes antes que tú, buscaron
algo en las letras. Aquellas otras cima más pequeñas son
verbos, y cada arista un tiempo verbal, allí tampoco puedes cambiarte
de cresta. La otra es la montaña de las palabras amables, y detrás,
la de las más largas voces, como electroencefalografista. Todas
tendrás que recorrerlas antes de llegar al final.
__ ¡Ostras! ¿Y aquella montaña tan grande
que me aporta?
¡Anda! Sigue caminando, que aquello es un diccionario. Ya irás
luego a conocer sus caminos, y difíciles veredas.
Volvió a esfumarse el hombrecillo y quedó solitario. Caminó
entre montañas de puntuación y otros signos ortográficos
menos usuales. Ni el mismo pudo decir cuanto tiempo anduvo, pero cierto
fue que las recorrió todas, sorprendiéndose de cuán
distintas eran, aún pareciéndose en la forma.
Disfrutó en las suaves laderas de las palabras amables; ¡Que
gozada de vocablos!: amor,
amistad, cariño, ternura… Le gustó menos la montaña
farragosa, pues se perdió varias veces entre: gestión,
mercantilismo y oportunismo. Aquella era una tierra de vividores; palabras
que todavía se pierden más, asociadas con política,
ecología y Ley. Había que tener cuidado caminando por
esos parajes. Le gusto mucho más la montaña de los refranes
¡Cuánto disfrutó en sus brillantes torreones!
Pero la peor con diferencia, fue la montaña de las malas palabras.
Le costó sobrepasar aquella abrupta zona de afilados términos,
como crimen, venganza, humillación…
__ ¡Uff, menos mal que todo acaba! Este debe ser el valle
de la iluminación.
Al fondo, vio elevarse sobre un otero, el gran monasterio de las ideas.
Se aceleró su corazón, memorizó cuanto había
visto en su búsqueda, y se vio luego traspasando la puerta del
mítico templo.
Cruzó el atrio, palabra antigua que especialmente le había
gustado, y pudo leer grabado a fuego sobre el dintel de la puerta: “Cuentamontes”.
Entró en la oscura sala, en cuyo centro, una robusta mesa de
madera ricamente tallada, servía de soporte a un libro de grandes
proporciones. Abrió la tapa de plata repujada y quedó
maravillado. Lo que vio era, ni más ni menos, lo que andaba buscando.
Allí estaba plasmada su idea; la magnífica idea por la
que tantas vueltas había dado.
Levantó la vista al techo dando gracias infinitas por el hallazgo,
y cuando volvió a mirar el libro vio con asombro que todas las
hojas estaban ahora en blanco... Sonrió feliz.
El libro de las buenas ideas había funcionado. Llegar hasta él
requiere voluntad, que no es poco, pero la mente humana es capaz de
recorrer caminos imposibles hasta alcanzar su destino; sólo hace
falta quererlo, el resto, descubriréis que ya estaba escrito
en el fondo de la propia memoria.
__ ¡Camarero, por favor! Un lápiz y un papel. Que
mi idea no se pierda.
Recuerda… Todos guardamos dentro una historia. ¡Solo
tenemos que encontrarla!